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20150516

Algunas cosas sobre los cabros muertos.

Algunas cosas sobre los cabros  muertos.

X John uberuaga

Habrá tiempo todavía / para decirle / Madre / buenas noches / regresé / con una bala en la cabeza / he ahí mi almohada / quiero echarme / y descansar.
Si la guerra / alguna vez toca la puerta / diles / que estoy descansando /  Ghassan Zaqtan (Palestina, 1954)

"es imposible la existencia de las personas sin la existencia de la propiedad privada”. Jaime Guzmán, citando a al papa Pio XI

1
                                                                                 
Diego y Ezequiel, y otras 100 personas estaban replegándose de la manifestación principal cuando un narco los agarró a balazos.
La operación policial podría calificarse de un éxito. Los carros blindados lanzándose a toda velocidad detrás de estudiantes, profesores, manifestantes, capuchas. etc... tapados en gas lacrimógeno, como un sudario.
Con el 21 de Mayo tan cerca es importante para la policía hacer un estudio de las tácticas represivas, y una medición de las fuerzas callejeras.
Así que Diego y Exequiel y otras 100 personas se replegaron y corrieron, como si así el capitalismo  no pudiera alcanzarlos, hasta calle Huito, entre Salvador Donoso y Yungay.

2

Giuseppe Briganti Weber,  pimpón para los pasteros, aparece en muchas de sus fotos de facebook mostrando anillos y relojes de oro, autos caros, armas automáticas. Hay una foto en donde tiene puesta una máscara de Guy Fawkes, y frota contra su cara un grueso fajo de billetes de color naranjo y azul.
Una señora vecina del asesino aclaró que la familia de Briganti Weber es dueña de los cafés con piernas y toples que están en esa cuadra, y que suelen ostentar su condición de raza superior y blanca han agredido antes a vagabundos y comerciantes callejeros. Los capuchas más jóvenes le gritaban que era un narco culiao, que teníamos q entrar todos y pitiarnos al narco culiao.

3

Los pacos, Fuerzas especiales de Chile, armados hasta los dientes, entrenados por las fuerzas fácticas del estado, seleccionados con pinzas, con una nutrida historia de experiencia en manifestaciones y asesinatos, a bordo de vehículos que costaron millones de pesos, aseguraron no saber nada de primeros auxilios y no tener ningún botiquín, ni gasa, ni alcohol, ni nada. Se limitaron a esperar (con una paciencia conmovedora), y a retirar a la gente del lugar de los hechos y dejarlo limpio para cuando llegaran los perros más grandes. Indolentes a las peticiones de todos, de que los llevaran ellos mismos al hospital, que por cierto no queda a más de 5 minutos de la plaza, negándose incluso a permitirnos retirar a los heridos en vehículos particulares.
Una vez que Ezequiel y Diego se habían desangrado (unos 30 minutos después de que Briganti les disparara), los pacos subieron sus cuerpos a los vehículos y se los llevaron del lugar. Alguien, no recuerdo quien ni como, se encargó de borrar las manchas de sangre del piso. Cuando volví a mirar la mancha roja donde estaban tirados los cabros, solo vi una poza de agua oscura.

4

Una hora antes que mataran a los cabros, profesores, estudiantes, pobladores, capuchas, trabajadores, etc. gritábamos y exigíamos la necesidad de construir una experiencia educativa que no se base en la Competencia y que no esté al servicio del Capital. Precisamente, en un territorio donde se educa sin amor ni compromiso, se cría una sociedad indolente, personas que pueden esperar con una paciencia conmovedora (y riendo por dentro) a que otros mueran, que pueden frotar sus rostros con dinero y sin asco, para quienes la defensa de la propiedad privada es una religión.
Diego y Ezequiel y todos los que nos manifestamos el jueves 14 de Mayo, jueves negro, creemos que la práctica crítica, cultural y solidaria, tanto en la calle como en nuestra cotidianeidad, aunque esta cotidianeidad sea horrorosa, puede ayudarnos a reparar todo esto. Toda este experimento capitalista, todo este tubo de ensayo en donde vivimos.

5

Sabemos, siempre hemos sabidos, que  estar en una marcha, en una protesta, en una barricada, es estar denudo y descalzo, como el invierno, ante el fascismo, y que cualquier compañero, compita, colega o capucha que esté  a tu lado es tu hermano de sangre.

6

A los cabros los mató un narco.
Pero no solo un narco
Los mató todo el capitalismo, toda la historia de fascismo y dictadura que pesa en nuestros hombros.
Les disparó la misma mano que mató a Claudia López, a Alex Lemun, a Matías Catrileo  a Rodrigo Cisternas, a Manuel Gutiérrez, a Pablo Jiménez. La misma mano que le prendió fuego a los cerros de Valparaíso y a los bosques del sur.
La misma mano que paga para que en nuestro país la educación siga siendo un bien de consumo.



7

Cuando los pacos dejaron morir a Diego y Ezequiel desangrándose en el piso, cuando los manifestantes se dieron cuenta que no hay nada que pudieran hacer, plaza Victoria se convirtió en ese  callejón (esa Isla) que es esta ciudad a veces. Era como intentar caminar y escuchar bajo el agua.

Chile tiene formas crueles de recordarnos que vivimos en un país esencialmente fascista, y este pequeño pueblito frente al mar sigue quemándose. 

Giuseppe Briganti Weber,

20141009

LA CONTRU DE MI ALMA" DE DANIEL TAPIA TORRES (PRESENTACIÓN DE RODRIGO OLAVARRÍA)

LA CONTRU DE MI ALMA" DE DANIEL TAPIA TORRES
(imágen: Rensi Veninga Fergadiott)




Deseo agradecer a Hebra Editorial y a Daniel por invitarme a ser parte de la presentación de este libro hermoso y fundamental junto a un poeta como Jaime Pinos. Gracias. Luego, debo declarar mi total parcialidad al hablar sobre Daniel Tapia o cualquiera de sus producciones, soy un interesado en el transcurrir de su estrella a lo largo del calendario y un agradecido de las lecciones que ha tenido a bien darme. Confieso que me considero a mí mismo como un danieltapieísta fogueado, situación a la que he llegado tras casi década y media de compartir poemas, lecturas, cine, música e intimidad. No sería el mismo si Daniel no me hubiese convencido de abandonar una mirada prejuiciada y adolescente sobre Nicanor Parra, si no me hubiese iniciado en los misterios de la música de Charles Mingus y si no me hubiese acompañado tras una ruptura de la cual emergí con un amigo nuevo, él.

Pero estamos aquí para celebrar la aparición de La contru de mi alma, libro con el que Daniel Tapia, gracias a los oficios de Hebra Editorial, hace su debut en las ligas mayores de la poesía chilena. La contru de mi alma es un libro que reflexiona sobre la situación del sujeto asalariado en una sociedad que permite la explotación, pero desde la primera línea de la batalla, la construcción. Se trata de un libro que vuelve sobre las ideas de Francisco de Quevedo en su poema Madre, yo al oro me humillo, sobre el dinero y sus efectos en los seres humanos, es decir, que "da calidad al noble y al pordiosero" y que "da y quita el decoro y quebranta cualquier fuero". Se trata de un "poderoso caballero" bajo cuya enseña el trabajo, el tiempo y las vidas enteras de trabajadores sin voz son arrendadas y mal pagadas, situación que se hace visible gracias a la aparición de un poeta en la obra, alguien cuya voz (cuyo canto) halla su propia forma ante las historias de las cuales es testigo.

El libro se abre con la imagen de una moneda, un óbolo, una moneda cuyas caras son la muerte y el nacimiento de un niño, la derrota anunciada y la esperanza, todo puesto en perspectiva con las palabras del poeta argentino Arturo Carrera: "la vida gratuitamente recibida / en sí misma no tiene ningún precio". Ese recién nacido, que es una promesa y que, a su manera, es la imagen de todos los seres humanos, no debe jamás ser moneda de cambio para el poderoso. La vida de un ser humano no es un bien que se pueda comprar y, sin embargo, hoy esto es permitido a través de leyes laborales injustas, sueldos de miseria y un sistema educacional que promueve la desigualdad.

Si bien la lucha de clases está entre los cimientos de este libro, el argumento de La contru de mi alma no es marxista. Para mí, detrás de cada poema de este libro hay una noción de justicia que es posible encontrar en los evangelios, en las sencillas lecciones de un Cristo que los dueños del capital, cristianos hipócritas ellos, se permiten ignorar, pero que los obreros hacen suyas. Es el caso del Maestro Bendiciones y Manuel, el excavador evangélico que sugiere al autor la lectura del Evangelio de Mateo. Una lectura que, ante la injusticia de esta vida, propone la conformidad de la creencia en la vida eterna, a la que los obreros llegarán tras cumplir su destino de bolsas de té que dan color y sabor al agua clorada para luego ser desechados con el resto de la basura.

El poeta abandona su trabajo en una librería retail de un mall y se une como vigilante o rondín a la construcción de un loteo que llevará por nombre Michelle Bachelet, un nombre apropiado para  servir de telón de fondo al argumento de este libro, que podría ser la novela de un Nicomedes Guzmán contemporáneo o, como dice el mismo autor, de "un cuento de Bukowski". Una película en cuyos créditos iniciales podría sonar la voz de Víctor Jara cantando "Cuando voy al trabajo" mientras el protagonista lleva en su pecho el nombre de su hijo, que significa "respiro".

La contru de mi alma es el relato de una "estancia" como lo pueden ser "Una temporada en el infierno" o "El diario de un ladrón", este libro es una "residencia" a la cual el autor lleva sus ojos, sus oídos y su escritura, instrumentos con los cuales registra las voces y las historias de los trabajadores de la construcción. Es decir, se trata de un libro cuyos poemas tomados como conjunto constituyen un documental en primera persona, la obra de un autor que lleva la cámara al hombro mientras presencia la acción externa del campo de batalla y también cuando los protagonistas de la batalla abren su intimidad al ojo ajeno.

La noción de registro documental aparece en el libro, primero bajo la forma de un proyecto inconcluso del que debía formar parte Gabriel Aros, uno de los personajes presentes en los poemas de este libro, y luego bajo la forma que asume el propio libro que estamos leyendo, es decir, la forma de un documental en verso. Este aspecto se ve reforzado por el conocimiento que todos, incluso quienes jamás han puesto un pie en una construcción, tenemos de qué y cómo es una "obra". Ninguno de nosotros ha estado en la guerra, pero sabemos cómo funciona la guerra, sólo nos bastan una par de personajes bien delineados para adentrarnos en ella. Lo mismo ocurre con la cárcel, espacio que el autor compara con el de la construcción, a la que denomina colonia penal.

El autor nos hace ver el sitio, el espacio que usará como set y, una vez que este escenario está definido, hace entrar a escena a los obreros, los protagonistas, a través de poemas individuales  dedicados a personajes puntuales y ciclos de poemas dedicados a: los cuidadores, los perros, los Fernández y los Aros. Y en medio de todos ellos, encontramos al autor, que al principio se esconde para leer, pero después de injustos descuentos a su sueldo lee simplemente delante de todos. El autor, cuya "bitácora", este libro, se escribe día a día en medio de la obra y entre los obreros.

Este escribirse como proceso nos lleva a reflexionar sobre el título del libro: La contru de mi alma. Este título no sólo constituye una forma afectuosa de referirse a la obra entendida como quiénes la conforman, los obreros, sino que habla también de un proceso que se está llevando a cabo a medida que vamos leyendo, un proceso donde la escritura y la vida son comparados con la construcción. Así es como vemos al poeta de pie en medio de "su obra" y en medio de "la obra"; imagen que es doble, pues Espinoza, uno de los cuidadores de la contru, es también el dibujante e ilustrador del libro que hoy presentamos.

En la última sección del libro encontramos un homenaje a Ximena Rivera Órdenes, poeta visionaria; una secuencia de poemas donde el autor expone su vida laboral después de la contru; y el poema final del libro, donde se funde con una multitud que bebe en el día del joven combatiente. Descorazonado piensa en los hermanos Vergara, los degollados y los hermanos mapuches, "nuestros muertos", piensa en el dios de los ricos y en el dios de su abuelo, para después meterse a la cama y dormirse con la imagen del rostro de su hijo en los párpados, la imagen de la esperanza y la única razón para seguir luchando. Niño, cuya sonrisa, es lo único que desea llevar al reino de la muerte, así el libro se cierra tal como se abre, con la derrota anunciada y la esperanza.

Para acabar, quisiera decir que, simbólicamente, en términos alquímicos y también psicológicos, podemos igualar el dinero a las heces. Las primeras lecciones de economía que aprende un infante son las de gastar (defecar) y ahorrar (contener sus propias heces). Por otra parte, frecuentemente, en las historias que provienen del folklore vemos como el oro se transforma en heces y en la alquimia, como el opus magnum parte desde el nigredo a su transmutación en oro. Entonces, amigos y amigas, no es tan descabellado esperar que quienes se enriquecen a costas de las vidas de los obreros y los trabajadores, que quienes amasan fortunas y las ven acumularse hasta los cielos, mueran hundidos en su propia mierda.


Rodrigo Olavarría

Septiembre, 2014


20141004

Fuera de precio / Jaime Pinos, presentación de “La contru de mi alma” poemario de Daniel Tapia

Fuera de precio /

Jaime Pinos, presentación de “La contru de mi alma” poemario de Daniel Tapia

(fotografía: 
 Rensi Veninga Fergadiott)





Vivo como en un cuento de Bukowski/ Hago como que trabajo en una inmensa obra de construcción/que recibirá a 840 familias en un sector periférico de Valparaíso/Nuevamente como que soy guardia por unos cuantos morlacos más de los que me pagaban en la librería del mall. Este libro, este libro bitácora como lo define el propio autor, se sitúa en el contexto de esa experiencia. Trabajar por dinero. Vender la propia energía a cambio de recibir un salario, siempre escaso, siempre insuficiente, al  final de cada mes. Esas son las condiciones de vida para casi todo el mundo. Vivir para trabajar, trabajar para pagar. Vivir como en un cuento de Bukowski: Me parece que la vida está totalmente desprovista de interés, y esto sucedía especialmente cuando trabajaba ocho horas por día. La mayor parte de los hombres trabajaban ocho horas al día, y tampoco ellos amaban la vida. No hay ninguna razón para amar la vida para alguien que trabaja ocho horas al día, porque es un derrotado. Este libro habla de esa derrota. La derrota de casi todo el mundo en un país donde, como escribió Henry Miller, ganarse la vida es perderla.
La contru. Escenas de ese mundo, de su vida cotidiana: Una cuadrilla de hombres de cascos amarillos se refleja en las pozas y el traqueteo de la maquinaria pesada es una música odiosa y turbia. Por unos pocos pesos, cada uno de ellos hace su trabajo, ocupando su cuerpo de obra, arriesgándolo todo, por unos pocos pesos. Un mundo que es presentado aquí como un ámbito hostil, violento, que funciona según el código de hierro de una colonia penal: A las 8 en punto de la mañana debemos ingresar a la obra/(de ahora en adelante CENTRO DE RECLUSIÓN)/Necesariamente estampamos la firma en el libro de asistencia/(de ahora en adelante REGISTRO DE LOS REOS)/para ver así cuánto sale a pago a fin de mes. La contru. Un mundo donde campean la arbitrariedad y la explotación. Donde los seres humanos valen según sea el color del casco que llevan puesto. Donde rige sin contrapeso la voluntad de los dueños y los jefes. Donde los que trabajan con la cabeza descubierta viven bajo la amenaza constante de recibir una dentellada de los blancos colmillos de los capataces: Circundan en sus blancas camionetas/los demonios de blancos cascos, blancos colmillos/Zumban igual que zancudos/en un festín de sangre obrera.
Chile, su mundo laboral. Un país donde, a más de veinte años de la dictadura, el derecho a huelga es aún meramente nominal. Donde el abuso es la ley. Desde ese ángulo, este libro podría inscribirse en la rica y larga tradición del realismo social chileno. Leerse como un registro de la sobrevida de los explotados, de los hombres oscuros.  De esa tragedia cotidiana. Gente para quien la vida, como escribe Bukowski, ha llegado a estar totalmente desprovista de interés: Damos pena. Ellos hacen su trabajo/Yo hago mi trabajo, escribe Tapia.
Sin embargo, creo que la fuerza de este libro radica, en gran medida, en la mirada de quien escribe esta bitácora. En su esfuerzo por rescatar, a través de la escritura, los pequeños gestos de humanidad que dignifican y salvan a quienes trabajan en esta construcción. Nombres propios. Más que personajes, personas con nombres y apellidos, con apodos y oficios. Maestro Bendiciones, Montecino, Espinoza, Maestro Alessandri.  Luis Zenteno (jornal) Juan Aros Padre e hijo (nochero), Fernández padre (excavador) Fernández hijo (pintor)  No hay sociología en estos textos. Lo que hay es experiencia y sensibilidad. Sensibilidad para retratar las vidas de quienes las han perdido, embrutecidos por el trabajo asalariado. La experiencia de haber estado allí, de hablar de un mundo que se conoce porque se ha sido parte. Porque, compartiendo la misma suerte, quien escribe ha llegado a hacerse amigo hasta de los perros.     
Desde luego, hay muchos aspectos del libro que sería interesante pero demasiado extenso abordar acá. Por poner un ejemplo, el trabajo con las formas del habla popular. Otro es su óptica realista, objetiva, que consigue representar ese habla, esa vida, sin idealizaciones. Que despliega sus escenas como un documental. Tal vez el documental fallido de que se habla en el texto,  titulado irónicamente El dinero siempre es muy lindo. No es linda la vida que hay que vivir para conseguirlo. La vida de los que viven para trabajar mientras, como reza la cita de Alfonso Alcalde, Devorándole el sudor vive el dinero.
¿Qué queda de la chispa humana, es decir, de la creatividad posible, en un ser arrancado al sueño a las seis de la mañana, zarandeado en los trenes de acercamiento, ensordecido por el estrépito de las máquinas, pulverizado y triturado por los ritmos, los gestos carentes de sentido, el control estadístico, y arrojado hacia el fin de la jornada en las salas de espera de las estaciones, catedrales de partida para el infierno de todos los días y el ínfimo paraíso de los fines de semana, donde la muchedumbre comulga en la fatiga y el embrutecimiento?
Creo necesario citar en extenso este pasaje de Tratado del saber vivir para las nuevas generaciones de Raoul Vaneigem. Lo hago porque, de alguna forma, me parece que el libro de Daniel Tapia nos enfrenta a la misma pregunta. La poesía, la buena poesía, tiene preguntas, no respuestas. Sin embargo, creo que este texto explora una contestación o encierra el esbozo de una.
La contru de mi alma se llama este libro. Su escritura es una demostración de que es posible, aún en los pasillos de la colonia penal donde transcurre el trabajo a sueldo, emprender ese camino. Que la poesía puede ser una forma de construcción humana y personal. Un intento por vivir, a pesar del peso muerto del trabajo y el dinero, según la máxima de Niesche: Sé amo y escultor de ti mismo.  
En realidad, la vida es gratis. La única moneda real es la vida y la muerte, tal como afirma este libro. O como dice el epígrafe de Arturo Carrera que se incluye al inicio: la vida gratuitamente recibida/no tiene ningún precio. Comprender eso es importante. Sólo esa comprensión abre la posibilidad de construir el alma propia. De vivir en la gratuidad tal como la define Carrera en ese mismo poema: gratuidad es gozar con lo que está fuera de precio. La poesía es gratis. En medio de un mundo donde todo, incluida la sangre y el alma, es mercancía, la poesía es eso que no puede comprarse ni venderse.

Valparaíso. Octibre de 2014.





20111219

Artículo: Comentario a Trolley (Castillo & Rocco, 2010)

 -Por Paula Rivera Donoso.

Trolley (Castillo & Rocco, 2010) es sin duda una pequeña y grata sorpresa dentro del área local de la narrativa infantil ilustrada, demostrando hasta qué punto una historia, por más sencilla o socorrida que parezca, puede ser agradable de leer si está bien contada a través de su narración e ilustraciones. Si a lo anterior se le agrega una voluntad de fomentar en los niños el esfuerzo para conseguir sus propósitos y una sana inspiración patrimonial, el resultado es más que interesante.
 
La obra tiene como escenario un lugar tan trillado en la literatura local como Valparaíso, y como personajes principales a estos tradicionales medios de transporte porteños que son los trolleys en interacción con otros vehículos y edificaciones, todos personificados. A pesar de lo anterior, los autores consiguen huir de las típicas caídas cursis sobre la ciudad puerto y se dedican a plasmar una historia que, por su aire mítico y las pasiones de sus protagonistas, se siente bastante universal. El aspecto patrimonial recae sobre todo en la genial recreación de los paisajes porteños, con sus calles más conocidas y sus cerros. Y, por supuesto, en el hecho de que sus personajes principales sean un trolley y una ascensor (específicamente, Los Lecheros), rescatando sus características como medios de transporte y dándoles la personalidad de dos enamorados que deben vencer dificultades para estar juntos.

La historia parte cuando un viejo vehículo les cuenta a sus compañeros la leyenda de Lalo, un trolley que fue capaz de dar todo de sí mismo por amor a Isabel, una ascensor. Entonces la narración se dedica a mostrar las aventuras de Lalo como trolley en Valparaíso y sus esfuerzos por acercarse a su amada, a pesar de que su hermano (otro ascensor) se opone a que ambos estén juntos.
 
Este sencillo planteamiento le basta a sus autores para salir con éxito en la difícil tarea de contar bien una historia, principalmente por el buen trabajo de caracterización de los personajes. Todos se basan en prototipos reconocibles (el viejo trolley como el sabio, Isabel como la enamorada inalcanzable, etc.), que probablemente los pequeños lectores conocerán con más profundidad en otras obras literarias chilenas. Además, todos tienen un excelente trabajo de expresión facial, pudiendo interpretarse a la perfección sus estados de ánimo. Finalmente, el patrón narrativo se desenvuelve de manera adecuada para narrar las distintas fases de las aventuras de Lalo e Isabel, con un desenlace conmovedor, que incluso incluye una breve nota que explica el origen e historia real de los trolleys en Valparaíso.
 
En conclusión, Trolley es una propuesta de lectura muy recomendable para lectores pequeños, pues cumple con los principales aspectos que se suele esperar en una obra de este tipo: formación de valores (perseverancia), voluntad de enseñar algo (patrimonio porteño) y, lo más importante, una intención estética de contar bien una historia agradable. Se recomienda, una vez leída la obra, llevar al niño o niña de paseo al propio Valparaíso, a fin de poder compartir con él o ella su experiencia, ya sea recorriendo las calles que aparecen en las páginas o incluso subiéndose a un trolley.

(Comentario originalmente publicado en:

20110913

PARA QUE SE ABRAN LAS ANCHAS ALAMEDAS

  1.
No le reconocí la voz ni el nombre. Me dijo que me había visto en 1971, en el café Sportman de Montevideo, cuando ella estaba por viajar a Chile. Yo le había dado unas líneas de presentación para Salvador Allende. “¿Te acordás?”
  -Ahora quiero verte. Tengo que verte sin falta -dijo. Y dijo que me traía un mensaje de él.
  Colgué el teléfono Me quedé mirando la puerta cerrada. Hacía seis meses que Allende había caído acribillado a balazos.
  No pude seguir trabajando.
  2.
  En el invierno de 1963, Allende me había llevado al sur. Con él vi nieve por primera vez. Charlamos y bebimos mucho, en las noches larguísimas  de Punta Arenas, mientras caía la nieve al otro lado de las ventanas. Él que me acompañó a comprarme calzoncillos largos de frisa. Allá los llaman matapasiones.
  Al año siguiente, Allende fue candidato a la presidencia de Chile. Atravesando la cordillera de la costa, vimos juntos un gran cartel que proclamaba: “Con Frei, los niños pobres tendrán zapatos”. Alguien había garabateado, abajo: “Con Allende no habrá niños pobres”. Le gustó eso, pero él sabía que era poderosa la maquinaria del miedo. Me contó que una mucama había enterrado su único vestido, en el fondo de la casa del patrón, por si ganaba la izquierda y venían a quitárselo. Chile sufría una inundación de dólares y,  en las paredes de las ciudades, los barbudos arrancaban a los niños de los brazos de sus mamas para llevárselos a Moscú.
  En esas elecciones de 1964, el frente popular fue derrotado.
  Pasó el tiempo; nos seguimos viendo.
  En Montevideo, lo acompañé a las reuniones políticas y a los actos; fuimos juntos al fútbol; compartimos la comida y los tragos, las milongas. Lo emocionaba la alegría de la mulitud en las tribunas, el modo popular de celebrar los goles y las buenas jugadas, el estrépito de los tamboriles y los cohetes, las lluvias de papelitos de colores. Adoraba el panqueque de manzanas en el Morini viejo, y el vino Cabernet de Santa Rosa le hacía chasquear la lengua, por pura cortesía, porque bien sabíamos los dos que los vinos chilenos son mucho mejores. Bailaba con ganas, pero en un estilo de caballero antiguo, y se inclinaba para buscar las manos de las muchachas.
  3.
  Lo vi por última vez poco antes de que asumiera la presidencia de Chile. Nos abrazamos en una calle de Valparaíso, rodeados por las antorchas del pueblo que gritaba su nombre. Esa noche me llevó a Concón y a la madrugada nos quedamos solos en el cuarto. Sacó una cantimplora de whisky. Yo había estado en Bolivia y en Cuba. Allende desconfiaba de los militares nacionalistas bolivianos, aunque sabía que iba a necesitarlos. Me preguntó por nuestros amigos comunes de Montevideo y buenos Aires. Después me dijo que no estaba cansado. Se le cerraban los ojos de sueño y seguía hablando y preguntando. Entreabrió la ventana, para oler y escuchar el mar. No faltaba mucho para el alba. Esa mañana tendría una reunión secreta, allí en el hotel, con los jefes de la Marina.
  Unos días después, cenamos en su casa, junto con José Tohá, hidalgo pintado por el Greco, y JOrge Timossi. Allende nos dijo que el proyecto de nacionalización del cobre iba a rebotar en el Congreso. Pensaba en un gran plebiscito. Tras la bandera del cobre para los chilenos, la Unidad Popular iba a romper los moldes de la institucionalidad burguesa. Habló de eso. Después nos contó una parte de la conversación que había tenido con los altos oficiales de la Marina, en Concón, aquella mañana, mientras yo dormía en el cuarto de al lado.
  4.
  Y después fue presidente. Yo pasé por Chile un par de veces. Nunca me animé a distraerle el tiempo.
  Vinieron tiempos de grandes cambios y fervores, y la derecha desató la guerra sucia. Las cosas no sucedieron como Allende pensaba. Chile recuperó el cobre, el hierro, el salitre; los monopolios fueron nacionalizados y la reforma agraria estaba partiendo la espina dorsal de la oligarquía. Pero los dueños del poder, que habían perdido el gobierno, conservaban las armas y la justicia, los diarios y las radios. Los funcionarios no funcionaban, los comerciantes acaparaban, los industriales saboteaban y los especuladores jugabn con la moneda. La izquierda, minoritaria en el Parlamento, se debatía en la impotencia, y los militares actuaban por su cuenta. Faltaba de todo: leche, verdura, repuestos, cigarrillos; y sin embargo, a pesar de las colas y la bronca, ochocientos mil trabajadores desfilaron por las calles de Santiago, una semana antes de la caída, para que nadie creyera que el gobierno estaba solo. Esa multitud tenía las manos vacías.
  5.
  Y ahora terminaba el verano del 74, hacía seis meses que habían arrasado el Palacio de la Moneda, y esta mujer estaba sentada ante mí, en mi escritorio de la revista Buenos Aires, y me hablaba de Chile y Allende.
  -Y él me preguntó por vos. Y me dijo: “¿Y donde está Eduardo? Dile que se venga conmigo. Dile que yo lo llamo”.
  -¿Cuándo fue eso?
  -Tres semanas antes del golpe de estado. Te busqué en Montevideo y no te encontré; estabas de viaje. Un día te llamé a tu casa y me dijeron que te habías venido a vivir a Buenos Aires. Después pensé que ya no valía la pena decírtelo.
Días y noches de amor y de guerra

20110714

EN LOS BARRIOS BRAVOS, LUIS CORNEJO GAMBOA, por Priscilla Cajales.


Con doscientos pesos me compré una novela de Luis Cornejo en una feria en Valparaíso hace varios años, así fue como llegué al autor de ocho publicaciones en total, entre ellas Barrio bravo (1955, El último lunes (1986), Show continuado(1987), Ir por lana (1989) y La tormenta(1991).

De Cornejo sé que fue editor independiente, luego de oficiar como albañil, actor, dramaturgo y trabajar en la producción de “El chacal de Nahueltoro”. Vendió sus libros en la plaza de armas de Santiago hasta poco antes de agravarse por un cáncer que lo alejó de su trabajo y de la calle. La última vez que visité Santiago vi a su mujer todavía vendiendo libros frente a la biblioteca nacional; entonces pienso en los cuentos de Barrio bravo, en el retrato hablado que estos textos son de un espacio que alcanza recovecos más brutales que del espacio periférico panfletario, y llega hasta los motivos centrales que mueven a la marea humana que los habita.

Barrio Bravo (1959, Autoedición) es un libro que condensa en seis cuentos la vida en los conventillos y suburbios de Santiago en los años cincuenta, el conventillo es aquí el epicentro de un espacio en donde el modo de actuar de sus personajes escapa a cualquier relación con lo externo nadie sale del barrio bravo, no hay mezcla, la muralla levantada frente a este escenario es tan alta que parece que no existe, o al menos no se ve; por tanto el otro desaparece.

Lo más interesante en Cornejo es que la violencia del que estos personajes son víctimas no se resuelve; se reproduce en la medida de su acostumbramiento, la policía no interviene en las violaciones que en la población están a la vuelta de la esquina, ni es llamada cuando “la cuatro dientes”es golpeada hasta el aborto y la muerte.

“El cuello de loza”, es un bailarín que trabaja la semana entera para financiar un fin de semana de baile, uno tras otro, termina por costarle el sueldo y el hambre, muere en escena en medio de un desmayo en los brazos de una empleada que seguramente está en su día libre del Puertas Adentro. Otro cuento notable es “El capote”, término usado para nombrar la violación de varios sujetos a una misma chica, la única estudiante del lugar levanta el deseo del barrio bravo que a ella y su novioacorralan.

Los personajes que rodean este libro aparecen y desaparecen rodeados de su patetismo, brutalidad y miseria. Son sometidos a violencia y violentan, es el instinto de supervivencia su único motor. Siempre al filo del cuchillo, del hambre y del silencio.

Es interesante pensar en la actualidad de este Cornejo, que con varios ripios en su narrativa interpela una realidad que está latiendo en el fondo de la escala evolutiva citadina de cualquier ciudadlatinoamericana actual. Imposible no ligarlo con Gómez Morel y Nicomedes Guzmán.

Seguramente los argumentos estilísticos de Cornejo han pasado de moda, el efecto ha sido agotado, pero no el contenido. Un cineasta chileno espeluznante es José Luis Sepúlveda, su obra maestra “Pejesapo”, inmediatamente después de terminar de releer a los barrios Bravos de Conejo volví a ver la película y es en esta evidencia donde queda palpitando un hilo de congruencia que surge entre ambos artistas. El barrio bravo no ha dejado de existir, efectivamente quienes lo habitan no salen de él, el muro era inamovible.

Este no es un viaje arriba del auto por el borde, ni siquiera un paseo en micro, estamos frente a un saber estar y moverse en donde la bravura siempre ha consistido en mantenerse con vida, nunca a salvo.



El ciudadano, mayo 2011